Los tres cerebros del ser humano

Somos una unidad indivisible entre cuerpo-mente-emociones-energía-conciencia-espíritu-luz-Vacío.
En la parte más material de nuestro sistema, somos un Holosimbionte formado por un conjunto de sistemas vivos e integrados en simbiosis, que básicamente son células humanas y microorganismos.
Este Holosimbionte humano tiene tres cerebros. Los hindús tienen un sistema de siete centros (chakras) para definir los principales nódulos energéticos del ser humano, que casualmente se corresponden con siete glándulas del cuerpo. Pero también podemos, sin irnos tan lejos, definir los tres centros o cerebros principales del ser humano. Al margen de la vital importancia que dichos centros tienen en el funcionamiento del cuerpo, los llamamos cerebros porque todos ellos tienen mayor o menor cantidad de neuronas. Curiosamente los tres cerebros están conectados entre sí por el Nervio Vago o Décimo Par Craneal.
El primer cerebro: Cerebro-médula espina/Sistema Nervioso Central. El centro de control de todas las señales nerviosas conscientes y subconscientes. También regula la información lógica y es la base de la inteligencia racional/humana. Contiene unos cien mil millones (100.000.000.000) de neuronas.
El segundo cerebro: Intestino/Sistema Nervioso Entérico. Regula las emociones y el conocimiento intuitivo-visceral. Es la sede de la inteligencia emocional/microbiótica. Contiene cien millones (100.000.000) de neuronas.

El tercer cerebro: corazón/Sistema cardiovascular. Regula los sentimientos y es el centro de la conciencia espiritual, donde se activa la inteligencia-amor de ser/holosimbionte. Tiene cerca de 50.000 neuronas.
Tal vez el primero y más conocido investigador que habló de este segundo cerebro o cerebro intestinal, refiriéndose en concreto al sistema nervioso entérico fue el Dr. Michael Gershon, Jefe del Departamento de Anatomía y Biología Celular de la Universidad de Columbia en Nueva York y el autor del libro The Second Brain (El Segundo Cerebro) -no traducido al español- En dicha obra estableció los parámetros básicos de funcionamiento de este desconocido sistema nervioso que va desde el cerebro hasta el intestino a través del “nervio vago”. Se encarga de controlar el sistema gastrointestinal gracias a sus terminaciones nerviosas, que se imbrican en todo el intestino y a sus cien millones de neuronas que tapizan las paredes del intestino; una milésima parte de las que tenemos en el cerebro pero más de las que hay en la médula espinal. En el tubo, que para muchos médicos simplemente está hueco y se limita a procesar la comida que ingerimos, se produce por una interacción maravillosa y desconocida entre esas neuronas y la microbiota. En esa dinámica intestina se genera más del 95%de la serotonina y el 50% de la dopamina y al menos otros 30 neurotransmisores más. Todas esas neurohormonas, que nacen y se fabrican en el intestino, irán al cerebro y al resto del cuerpo a través del flujo sanguíneo; donde cumplirán sus funciones ya conocidas y otras muchas desconocidas. Gerson es considerado el padre de la Neurogastroenterología, ciencia que estudia los síntomas de los trastornos psicosomáticos con expresión gastrointestinal. Nos dice Gerson en su obra que «El lenguaje hablado por las células del sistema nervioso abdominal es tan rico y complejo como el del cerebro»
¿Es posible que, en la perfecta simbiosis que tenemos con ese microbioma, sean los microorganismos los encargados de transmitir las emociones humanas al resto del cuerpo-cerebro? ¿Se comportan como parte de un segundo cerebro que procesa no solo la mecánica nutricional de los alimentos sino también la información emocional de nuestra mente?

Si fuera así tendríamos otro vector microbiótico más de interacción con nuestra parte humana: ni más ni menos que una microbiota que actúa como amplificadora de todo el tejido emocional que a cada instante procesamos. No es mucha la información científica en esta línea y toda es muy reciente. Lo más cercano que podemos encontrar son las investigaciones realizadas para determinar la relación e influencia de la microbiota intestinal en enfermedades como el autismo o en la fabricación de neurotransmisores que finalmente terminan en el cerebro, generando la cascada de procesos neurológicos que comportan nuestro mapa de percepción cotidiana.

Son muchos los investigadores que han descubierto y apuntalado la teoría de que gran parte de las enfermedades psíquicas como depresión, ansiedad, autismo, Trastorno del Déficit de Atención (TDAH), esquizofrenia e incluso numerosas enfermedades autoinmunes provienen todas de una única causa en común: Una inflamación intestinal crónica debido a la mala alimentación y el desequilibrio de la microbiota intestinal.
Especialmente pionera y reconocida en este área ha sido la Dra. Natasha Campbell-McBride y su método GAPs para tratar en concreto a niños autistas, así como al resto de las patologías descritas.

Por fin sabemos que hasta el 90% de los neurotransmisores favoritos de los psiquiatras y los laboratorios de farmacia, para determinar psicopatologías debido a su carencia, son fabricados en el intestino por la microbiota y enviados al cerebro a través del torrente sanguíneo y el nervio vago, que va desde el bulbo raquídeo al intestino. Serotonina, noradrenalina, dopamina, acetilcolina y gran cantidad de otros muchos aminoácidos tienen su cocimiento y gestación entre esa gente pequeña que vive en nuestros intestinos.
En vez de mirar la luna (el intestino) nos quedamos con el dedo que la señala (el cerebro) y desarrollamos ingentes teorías y medicamentos para condicionar supuestamente la inhibición de los mecanismos de recaptación de la serotonina, por ejemplo. Y hacemos esto (los laboratorios farmacéuticos) sin saber a ciencia cierta si lo que estamos haciendo sirve para algo o va a desequilibrar otros procesos neurológicos, como más bien se está demostrando en los últimos tiempos; que finalmente pueden comportar más daño que beneficio para los sufridos enfermos que tienen que soportarlos.
Pero es que no solo las emociones son un proceso directo o indirecto que fluye de la interacción entre la relación psíquica humana con la microbiota intestinal. También en el cerebro las neurononas tienen un origen bastante más que probable fruto de la simbiosis colectiva de miles de millones de baterías de vida libre que eligieron integrarse en un superorganismo (el cerebro) para ser más inteligentes y servir a los propósitos que la evolución les tenía asignados.
Como apunta Lynn Margulis, las neuronas contienen vestigios bioquímicos en sus ramificaciones (dentritas) de los microtúbulos con los que están constituidas las espiroquetas, bacterias ancestrales con más de 2.000 millones de años de antigüedad. ¿No es posible, como postula la Margulis, que nuestro cerebro sea un inmenso conjunto de bacterias en simbiosis perfecta? Entonces, si nuestras emociones más básicas se generan en el intestino (a través de la microbiota bacteriana) y nuestro pensamiento-conciencia se activa por el flujo de señales que navega a través del tejido neuronal (bacterias simbiotizadas transmutadas en un supercampo células interconectadas) ¿Qué nos queda entonces de humanos? Muy poco o nada.
El yo del ser humano es un espejismo. Ya lo decía el Buda y ahora también la Microbiótica. No es que tengamos bacterias en el cuerpo es que ¡somos un colectivo de bacterias evolucionadas integradas en un simbionte de sistemas interconectados que llamamos ser humano!

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